Se cumplen cien años del nacimiento del hombre que intentó pacificar a El Salvador

Oscar Arnulfo Romero fue asesinado por un sicario el 23 de marzo de 1980 mientras oficiaba misa. Lo mataron por pedir al Estado que detuviera las matanzas de campesinos. Intentaba impedir una guerra civil que finalmente estalló entre la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y el Ejército salvadoreño, financiado y apoyado por Estados Unidos.

Cien años después de su nacimiento, ocurrido el 15 de agosto de 1917, el arzobispo Oscar Arnulfo Romero se transformó en una figura señera para entender la historia de El Salvador, esa república asolada por la violencia durante la década de los 70.
Romero, formado por sacerdotes jesuitas como el papa Francisco, fue asesinado por un sicario cuando daba misa en el altar de la capilla del hospital de la Divina Providencia, el 23 de marzo de 1980, luego de pedir al Ejército que detuviera los ataques contra los campesinos salvadoreños.
"Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos; ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice 'No matar'; ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios; una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla", dijo el arzobispo de San Salvador.
El crimen, que conmocionó al mundo y especialmente a América latina, nunca fue esclarecido por la justicia salvadoreña, si bien se presume que la orden de disparar fue dada por el exmayor del Ejército Roberto D'Aubuisson (uno de los fundadores del partido Alianza Republicana Nacionalista, Arena).
D'Aubuisson fue entrenado en la Escuela de las Américas, en Estados Unidos, donde estudiaron varios dictadores latinoamericanos, entre ellos el boliviano Hugo Bánzer y el argentino Leopoldo Galtieri, así como el exjefe del servicio de Inteligencia peruano Vladimiro Montesinos.
Según su biógrafo y exsecretario personal, monseñor Jesús Delgado, Romero trataba de evitar la guerra civil que finalmente estalló en ese país entre la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y el Ejército salvadoreño, financiado y apoyado por Estados Unidos.

VIOLENCIA Y MUERTE
Se calcula que entre 1980 y 1992 la violencia causó la muerte de 75.000 personas y unos 8.000 desaparecidos.
En 2015, Romero -llamado "El Santo de América"- fue beatificado por la Iglesia católica.
Hijo de padres mestizos (su padre era telegrafista), Romero estudió con los monjes claretianos y luego ingresó en el Colegio Pío Latino Americano de Roma, donde se formó con los jesuitas.
Después de interiorizarse en la situación que vivía el país, gobernado por militares, fue nombrado en 1970 obispo auxiliar de El Salvador, y en 1974 se lo designó obispo de Santiago de María.
Tras ser designado arzobispo en 1977, Romero comenzó a interiorizarse de las denuncias que se formulaban contra la violencia militar que mataba sacerdotes. Esta actitud le dio cierto prestigio internacional, pero al mismo tiempo lo convirtió en un posible blanco de los escuadrones de la muerte.
Desde el púlpito de la iglesia promovía asociaciones y movimientos espirituales, y todos los domingos visitaba a los campesinos más pobres del país.
Romero fue comprendiendo la crisis que vivía El Salvador después de que en 1975 la Guardia Nacional fuera responsabilizada por el asesinato de varios sacerdotes que regresaban de un acto religioso.
La violencia del gobierno del coronel Arturo Armando Molina, que expulsaba y mataba sacerdotes, convenció a Romero de la necesidad de que la Iglesia católica se involucrara más activamente en el país.
El 20 de marzo de 1977, el arzobispo de San Salvador celebró una misa a la asistieron unas 100.000 personas, tras decidir no acudir a ninguna reunión del gobierno hasta tanto no se aclarasen los asesinatos.
Por ese motivo, el 2 de julio de ese año Romero no participó de la toma de posesión del presidente Carlos Humberto Romero (1977-79), y promovió, además, la creación de un Comité Permanente para velar por los derechos humanos.
El nuncio apostólico en El Salvador lo llamó al orden, pero Romero viajó a Roma, donde recibió -al principio- el respaldo del papa Juan Pablo II, según informes de prensa.
A pesar de la intervención del pontífice, el gobierno militar salvadoreño reprimió con más furia a la Iglesia, entre ella a los jesuitas, en medio de asesinatos, expulsiones y amenazas de cierre de medios de comunicación.
Durante sus homilías en la catedral de San Salvador y en sus visitas a las regiones más pobres del país, Romero condenaba los atropellos contra los curas católicos y el resto de la sociedad.
Treinta y cinco años después de su asesinato, el Vaticano reconoció que hubo una campaña para denigrar al arzobispo, cuyo beatificación estuvo bloqueada por motivos políticos.
Sus enemigos decían que era "un marxista y un títere manipulado por los curas de la Teología de la Liberación (a la que Romero no adhería) que les escribían sus informes".
Lejos de las discusiones ideológicas, Romero decía que la Iglesia católica debe estar siempre al lado de los más pobres. El papa Francisco lo considera un modelo a seguir para América latina.

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