Cuando la policía intentó explicar las letras del Indio

Después del asesinato de Walter Bulacio, el espionaje de las fuerzas de seguridad persiguió a Los Redondos con el propósito de demonizarlos y así justificar violentas represiones en shows posteriores.

“Desde siempre sus integrantes tuvieron una actitud combativa en cuanto a todo lo que podía llegar a identificarlos con el sistema”, dice el escrito. Como si le hablara a un amigo, el autor del mismo cuenta que las canciones “no tienen una estructura tradicional”, aunque “el mensaje está, pero se necesita conocer el código para decifrarlo (sic)”. Y agrega: “Para una persona que los escucha por primera vez, las letras no dicen nada y diría que carecen de sentido”.

A juzgar por los errores de ortografía y la narrativa confusa, el texto parece de un alumno de algún grado inicial. Sin embargo se trata de un espía de Mar del Plata al servicio de la Policía Bonaerense. El documento está fechado el 10 de diciembre de 1995 y tiene algunas observaciones más propias de un crítico de rock (“cada show sigue siendo para muchos seguidores una celebración, una especie de rito a medias religioso y a medias pagano”), aunque de tanto en tanto sobresalen afirmaciones llanamente delirantes.

Una de las más notables es aquella que dice: “Hasta el año 1980 se los podría definir como una versión tercermundista del moribundo punk británico, ejecutando un buen rock and roll simple cuadrado y efectivo, con un típico sabor a rock de garaje de alguna banda norteamericana”. Por momentos el documento parece confeccionado con retazos de información copiados y pegados sin demasiado criterio.

Ante la evidente dificultad para definir a Los Redonditos de Ricota, el agente de espionaje parece encontrar una alternativa: va por el camino de sus seguidores, a quienes denomina “los chicos de ‘Las bandas’”. Pero el recurso vuelve a ser inexacto: “Pueden ser melenudos o pelados, rubios o negros, de Capital, San Isidro, Mataderos o La Plata. Es difícil distinguirlos”. Obligado a generar algún tipo de información novedosa, el espía ensayó entonces una lista de lo que dio en llamar “formalidades espirituales”. Que puede ser la idea de que “se puede vivir de una manera distinta a la que vende la televisión”, o bien creer que “el Movicom es un remedio para la soledad”.

Los axiomas, de discutible veracidad, concluían en uno hecho muchas mayúsculas y una redundancia: la presunta proclama ricotera de que “EL MEJOR POLICÍA... ES EL POLICÍA MUERTO” (sic).

La presentación de Los Redondos en el micro estadio de Lanús durante los tres primeros días de mayo de 1992 combinó todos los elementos propios de la Dirección de Inteligencia de la Bonaerense durante esa década: la caracterización de los jóvenes como “elementos peligrosos”, la exagerada utilización de potenciales como “al parecer” o “presunta” (para referirse a hechos no del todo confirmados) y, como si fuera poco, un notable recelo por los análisis que hacen varios medios en relación a la violencia con la que se producen los operativos policiales cuestionados. La represión en esos conciertos fue brutal, alentando la creación de organismos no gubernamentales que velaban por la seguridad de los espectadores.

La DIPPBA acumuló varias carpetas dedicadas a la banda, cada una de ellas vinculada a algún show en el territorio bonaerense donde las huestes de Patricio Rey estaban empezando a moverse a partir de su creciente convocatoria. Los Redondos estaban en el ojo del espionaje policial desde el asesinato a Walter Bulacio en el contexto de una violentísima razzia perpetrada en la fila de acceso al show que el grupo ofrecería en el micro estadio de Obras Sanitarias el 19 de abril de 1991. La muerte por traumatismo de cráneo atribuida a una paliza de los efectivos puso en el centro de la agenda nacional la violencia institucional en plena democracia. El tema era tan caliente que hasta el propio Carlos Menem decidió eliminar los edictos policiales, una figura legal que le permitía a las fuerzas ejecutar detenciones a discreción.

ESPIONAJE E INFILTRADOS

Las carpetas de espionaje se nutren de material generado alrededor de shows en Lanús, Mar del Plata, Tandil y también dos locaciones en las que finalmente las autoridades decidieron suspender los eventos, Florencio Varela y Olavarría, ambos casos influidos por tareas de espionaje en las que los policías desaconsejaban la realización de los mismos después de advertir escenarios apocalípticos.

En todas las fojas se advierte una ansiedad por tratar de comprender un fenómeno cuyas magnitudes empezaron a salirse de las manos incluso de la propia banda.

En una reciente charla, el bajista Semilla Bucciarrelli confesó que la manager Poli Castro y su entorno habían descubierto infiltrados dedicados a incitar los desmanes que luego justificaban el accionar represivo. Todo terminaba con las inmediaciones de los recitales destruidas, decenas de detenidos y muchos medios de comunicación replicando el discurso que la policía necesitaba instalar. Era la demonización de un grupo que comenzó a volverse creíble en una juventud descreída de las clases dirigentes de los ‘90. Un elemento verdaderamente peligroso para ciertos poderes establecidos.

Más allá de estos aspectos lúgubres y terroríficos sobre la mano dura de los uniformados en los recitales con el sustento de los dudosos presagios y conjeturas hechas por los espías, lo más curioso resultó ser incluso la imposibilidad de poder precisar el paradero de los líderes de la banda: a Skay Beilinson lo rebautizaron “Beletson”, mientras que al Indio Solari lo confundieron con Patricio Rey, “un personaje místico que no tardó en convertirse en el líder del grupo con su letra, su estilo y su inconfundible voz”.

Fuente: Página 12

Fuente:

Notas Relacionadas

Las Más Leídas del Patagónico